El amor que protege… y también limita
Sabemos que amas profundamente a tu familiar mayor. Te importa su bienestar, su seguridad y su vida. Lo vemos en cada gesto, en la forma en que estás pendiente y en ese deseo genuino de protegerlo.
Sin embargo, a veces, sin darnos cuenta, ese amor se transforma en miedo.
Y el miedo, en sobreprotección.
Cuando el cuidado se convierte en sobreprotección
Con la mejor intención, empezamos a hacer por ellos lo que aún pueden hacer. Les quitamos tareas, decisiones, movimiento.
Creemos que así los cuidamos… pero, muchas veces, lo que logramos es que se apaguen poco a poco.
La fragilidad no siempre llega con la edad; a veces aparece cuando dejamos de confiar en lo que aún son capaces de hacer.
La autonomía como parte del cuidado
Aunque sus pasos sean más lentos o les cueste un poco más, muchos adultos mayores siguen teniendo la fuerza, la voluntad y el deseo de participar, decidir y moverse por sí mismos.
Cuidar no es reemplazar.
Cuidar es acompañar sin anular.
Amar también es permitirles seguir siendo
El verdadero cuidado consiste en dar apoyo sin apagar la autonomía. En confiar en que, con respeto y paciencia, pueden seguir siendo parte activa de su vida.
Porque amar también es permitirles seguir siendo.



